Imangen de un momento de la representación de El Caballero de Olmedo
Representación de El Caballero de Olmedo, por el mismo grupo teatral Al Dente, que introducen en la acción dramática, comentarios, propuestas y debates sobre los personajes del drama.
Mientras Italia se enorgullece de autores como Dante, Bocaccio y Petrarca, Francia se muere por Moliere y Corneille y Racine, Inglaterra venera a Shakespeare y a Marlowe... en España pocos son los que han leído El caballero de Olmedo o La vida es sueño. ¿Nos encontramos en el único país del mundo que no siente a sus clásicos como suyos? No se trata tan solo de dificultad en el lenguaje, de cambio de contexto histórico y/o cultural, de valores sociales distintos. El problema es de base: no existe en nuestro país un orgullo de nuestra cultura clásica. El cine reciente ha demostrado que, cuando se conocen y se plasman esas historias en la gran pantalla, el gran público responde positivamente. Los adolescentes, por poner un ejemplo, conocen mejor (aunque sólo sea de oídas) la historia de Romeo y Julieta que la de Segismundo y Rosaura. Les es más fácil asociar a Hamlet con una calavera que a Pedro Crespo con una vara de mando. Intentemos acabar con eso acercando a los alumnos historias de pasión y vida que no son, en esencia, mucho más lejanas que las que viven todos los días.
¿Cómo abordar, por tanto, un texto como El caballero de Olmedo? A partir de dos planos actorales paralelos: por un lado, una adaptación del texto de Lope que une la actualización del léxico con la rigurosidad del poliestrofismo del Siglo de Oro. Por otro, el grupo de actores que representan la obra y que, mediante la metateatralidad, interrumpen la acción dramática para comentar, proponer y debatir lo que hacen los personajes del drama. El juego teatral, por tanto, une pasado con presente para mostrar cómo en nuestro día a día puede suceder lo mismo.
En la primera jornada de El caballero de Olmedo, Don Rodrigo dice a la mujer que le desprecia: “Entre la vida y la muerte / no sé qué medio tener, / pues amor no ha de querer / que con tu favor acierte; / y siendo fuerza quererte / quiere el amor que te pida / que seas tú mi homicida. / Mata, ingrata, a quien te adora: / serás mi muerte, señora, / pues no quieres ser mi vida.” Si esa desesperación amorosa no se comprende a los dieciséis años, no se comprende nunca.
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