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Secciones de la exposición

Los números en Mesopotamia y Egipto.

Imágen de tablilla neosumeria

Imágen de tablilla neosumeria

A la par que hacían progresar la escritura, sumerios y babilonios desarrollaron un sofisticado sistema para representar y hacer operaciones con los números. La base 60 que empleamos hoy para medir el tiempo —1 hora=60 minutos; 1 minuto=60 segundos—, es herencia del sistema de numeración babilónico.
La base 60 sugiere la influencia que los cálculos astronómicos tuvieron en Mesopotamia. El volumen de población alcanzado en las ciudades las hacía muy dependientes de la agricultura, por lo que era muy conveniente un conocimiento preciso del calendario que ordenase los periodos de siembra y recolección.
El calendario lo marca el ciclo solar y el número 60 es especialmente adecuado para medir, en una primera aproximación, buena parte de las divisiones temporales relacionadas. Dividir la circunferencia en 360 grados, como seguimos hoy haciendo también por influencia babilónica, equivale a asignar al grado el valor angular recorrido por el sol en la eclíptica durante un día.

Imágen del Papiro Rhind del British Museum

Imágen del Papiro Rhind del British Museum

Los babilonios fueron grandes astrónomos y astrólogos. Y la sofisticación alcanzada por su sistema de numeración debe mucho a la necesidad que sintieron de ordenar el calendario y a la fascinación por las artes mágicas y adivinatorias que asociaron con los cuerpos celestes.
El calendario tuvo casi la misma importancia en la vecina civilización egipcia y, por tanto, la astronomía y los cálculos numéricos asociados. Egipto debe su ser a la inundación anual del Nilo. Esta inundación había que saber predecirla convenientemente; primero para evitar los daños y después porque había que tener todo listo para la siembra.
Los egipcios supieron establecer en 365 días la duración del año, que dividieron en 12 meses de 30 días, más 5 días agrupados al final del año. La idea la copió Julio César, aunque mejorándola al incluir un día extra cada cuatro años.
Con todas sus imperfecciones, los sistemas de numeración de egipcios y babilonios fueron suficientes para las necesidades del comercio y para desarrollar un principio de matemática y astronomía —mejor la babilónica que la egipcia— con cierta sofisticación. Desde luego les dio para cierto lucimiento: basta si no ver la cara de pasmo de los turistas cuando, el primer día del verano, ven en las profundidades de un templo egipcio al último rayo del sol poniente besar la frente de un faraón.

A igual que los egipcios, los griegos y los romanos usaron un sistema de numeración aditivo con base diez.
Eligieron letras del alfabeto para representar cifras. Así la letra griega D (delta) valía 10 en el mundo griego, mientras que las latinas V, L y M tomaron los valores 5, 50 y 1000 respectivamente.
El sistema aditivo significa que el valor de un número se obtiene sumando —o restando, según el orden— el de las cifras que lo componen. Así
MCDVII=1000-100+500+5+1+1=1407
La matemática griega siempre excluyó de su mundo los cálculos numéricos, a cuyo arte dieron el calificativo de “logística”, quedando la palabra “aritmética” para denominar lo que hoy llamamos teoría de números. Los griegos consideraron las cuentas cosa más de comerciantes y negociantes que de filósofos y matemáticos.
El sistema de numeración griego y romano hace muy difícil los cálculos. Pruebe el visitante a hacer la siguiente suma
MDCCCLVIII
MCMCDIX
Los contables de la época, y después los de la Edad Media en Europa que heredaron el sistema de numeración romano, tuvieron que acudir a ábacos y otros artilugios para hacer las cuentas.

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