Entre 1708 y 1711 se incautaron, entre otras, las bibliotecas de tres nobles partidarios del archiduque de Austria en la Guerra de Sucesión: la del marqués de Mondéjar, la del arzobispo de Valencia y la del duque de Uceda. Seguramente, este rico patrimonio incautado animó al rey a fundar una Real Biblioteca abierta al público, uniendo a estas colecciones las suyas y los volúmenes custodiados en la Torre Alta del Alcázar de Madrid.

Durante el siglo XVIII, además de recibir donativos y canjear ejemplares repetidos con bibliotecas conventuales, se hizo un gran esfuerzo para incrementar los fondos de la Real Biblioteca comprando colecciones de nobles que se ponían a la venta, como la del duque de Medinaceli (1712), importante por su riquísimo monetario de casi 10.000 piezas, la del duque de Híjar (1735) o la de Juan Fernández de Velasco (1741), entre otras.