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Las felicitaciones de Navidad características de los siglos XIX y XX

16/12/2016

A pesar de la creencia de que las tarjetas navideñas surgen en Inglaterra, la historia de estas postales comienza en Alemania a finales del siglo XVIII. Eran tarjetas adornadas con guirnaldas, flores y diversas figuras y escenas que se levantaban de una lengüeta de papel y mostraban una dedicatoria afectuosa.

Las «Christmas Cards» inglesas llegarían después, la primera fue editada en 1843 por Henry Cole. La costumbre de felicitar las fiestas navideñas con tarjetas ilustradas fue haciéndose común y extendiéndose por otros países. En España, la primera felicitación navideña fue impresa en 1831 por los repartidores del Diario de Barcelona. Sin embargo, el fin de la misma era diferente. No se pretendía desear una feliz pascua a amigos o familiares, en este caso, los trabajadores las repartían con la intención manifiesta de recibir una gratificación.

Así comenzó la costumbre –extendida más en el siglo XX- de las felicitaciones de navidad de los oficios. Serenos, lecheros, modistas, aprendices… felicitaban las pascuas puerta con puerta, repartiendo tarjetas con una estética característica, que con el desarrollo de la cromatografía se llenaron de vivos colores. En ellas solía aparecer el trabajador uniformado, en la parte central y alrededor de la misma, motivos decorativos como guirnaldas y escenas de Navidad. En la parte trasera se incluía una poesía que solía hacer referencia a los buenos servicios que el mismo había prestado durante el año.

Esta supuesta inocente y bonita costumbre se ganó rápidamente críticas cuando a las puertas de una casa llamaban trabajadores de diez oficios diferentes pidiendo el aguinaldo.

Poco después de la puesta en práctica, en 1843, el dramaturgo, poeta y periodista Manuel Bretón de los Herreros publicaba en El Corresponsal de Madrid su poesía, ¡El Aguinaldo!, en la que se leían versos como: «¡Reniego del aguinaldo! pedigüeño, que me dices: ¡Felices pascuas! ¿Cómo quieres que las tenga si con tarjetas los unos, los otros con una arenga, no me dejáis importunos ni para una taza de caldo? ¡Basta, basta del aguinaldo!».
Otros, como el cronista Isidro Thome, quien manifestó el descontento en más de una ocasión, sugerían –exageradamente- que el gobierno debía publicar un decreto suspendiendo la actuación de los profesionales del aguinaldo.

Esta costumbre fue derivando en una práctica incómoda y terminó por desaparecer a mediados del siglo XX. Sin embargo, las tarjetas de felicitación, sinceras y afectuosas, siguen repartiéndose hoy en día, aunque cada vez más, abandonan el papel para unirse a los soportes digitales.

 

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