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La BNE recibe en donativo el archivo personal de Eduardo Marquina

06/07/2020
Verso de la carta de Luis con las últimas palabras escritas de su padre Eduardo. Nueva York (15/11/1946)

Verso de la carta de Luis con las últimas palabras escritas de su padre Eduardo. Nueva York (15/11/1946)

La Biblioteca Nacional de España ha recibido como donativo el archivo personal del periodista, poeta, novelista y dramaturgo español Eduardo Marquina Angulo (1879-1946), sobrino del también poeta y dramaturgo posromántico Pedro Marquina Dutú (1834-1886) y padre del cineasta y director de cine Luis Marquina Pichot (1904-1980) de quien también se han recibido algunos documentos de su archivo personal.

En el archivo personal se encuentran autógrafos de algunas de sus obras de creación: dramas como El retablo de Agrellano, Santa Teresa, El pavo real, Día de sol, El salto, Farsa Bretona, etc.; novelas como La reina mujer; numerosas poesías en hojas sueltas; muchas “pequeñas prosas” llamadas así por el poeta, algunas de las cuales fueron publicadas en diversos medios; artículos de mayor o menor extensión; y conferencias pronunciadas a lo largo de todo el mundo. Destacan en este apartado creativo, los diversos “Diarios” escritos por Marquina, en diversas fechas y a lo largo de toda su vida, con la intención tal vez de publicar unas memorias, hecho truncado por su muerte a la edad de 67 años.

También se guardan traducciones de 4 autores -Pierre Benoit, Richard Wagner, Carl María von Weber y Prosper Merimée-, que parece no llegaron a publicarse, por lo que abren un mundo lleno de posibilidades a la investigación, además de un buen conjunto de recortes de prensa, destacando las noticias de periódicos hispanoamericanos.

Pero, sin duda, la parte más interesante son las cartas. En palabras del propio Marquina, es la correspondencia que ha conservado, pues advierte que ha hecho una selección previa de todo el conjunto, si bien no aclara qué criterios siguió para realizar dicha selección.

Carta de Federico García Lorca

Carta de Federico García Lorca

Una vez inventariado el total de piezas, 1.396 entre cartas y tarjetas postales, la mayoría de ellas autógrafas se pueden repartir en 4 grupos que venían ya esbozados en el archivo: Con editores (254) tales como Aguilar, Gustavo Gili, Librería Francisco Beltrán, Biblioteca Estrella, Antonio López, Eduardo Domenech, etc., con los que difunde su obra. Con revistas y periódicos (143) como El Imparcial, España Nueva, La Publicidad, La Nación (Buenos Aires)…, con los que colabora con sus escritos y para los que trabaja como corresponsal en el extranjero.

Además, correspondencia en general (743) que es el grupo más numeroso y se puede subdividir en 3 subgrupos: Las cartas personales recibidas de 167 remitentes, como sus amigos Luis de Zulueta, a quien conoció, en Barcelona, en sus tiempos de colegio, y Fernando Díaz de Mendoza, que ejerció además como su representante teatral; escritores como Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, los Hermanos Álvarez Quintero, Eugenio D’Ors, Ramón Pérez de Ayala, Federico García Lorca o José Pijoan, entre otros; y personas relacionadas con el mundo del teatro entre las que citamos a María Guerrero, Margarita Xirgú, Mercedes Pérez de Vargas y Gregorio Martínez; las 14 oficiales enviadas por diversas instituciones y, las cartas 22 relacionadas con la Casa Real.

Correspondencia familiar (256 cartas) donde descubrimos al hombre, padre y esposo, a través de los cientos de líneas que dirige a su familia, cuando se encuentra lejos de ella.

Eduardo Marquina fue el encargado de poner letra a la Marcha Real y en 1927 presentó doce letras o poemas distintos al Rey Alfonso XIII, que seleccionó tres, primeramente, antes de escoger la definitiva. De todas ellas hay autógrafo en este archivo.


Palabras de Teresa Marquina

En nombre de mi hermano Eduardo y de mis sobrinos Paz y Santiago, quiero expresar nuestro más vivo agradecimiento a la Biblioteca Nacional de España por su acogida a la donación que del legado de Eduardo Marquina y Luis Marquina hemos hecho. Desde la primera toma de contacto se estableció entre ambas partes una corriente de entendimiento y empatía que facilitó todos los trámites y para nosotros supuso algo más: la certeza de que los dos legados iban a descansar exactamente en el lugar que ellos hubieran elegido. Una vez, mi abuelo Eduardo, en su despacho y señalando con el dedo a las estanterías repletas de libros y de carpetas, dijo una frase que mi padre también hubiera podido rubricar:
“Cuando fallezca, no me busquéis en los cementerios; ahí no habrá más que huesos. Buscadme aquí”.