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Historia de la colección

1. Historia de la colección

El fondo inicial se formó con las colecciones reales, a las que se unieron, a principios del siglo XVIII, los manuscritos que habían acompañado a Felipe V desde Francia y los de las bibliotecas nobiliarias incautadas en la Guerra de Sucesión, en especial las bibliotecas pertenecientes al Marqués de Mondéjar (1708) y al Duque de Uceda (1711). La del Marqués de Mondéjar, biblioteca de bibliófilo erudito, incluía manuscritos de la biblioteca de García Loaisa, donada en 1650 al convento dominico San Vicente, de Plasencia, y que, posteriormente, tras la muerte de su obispo Diego de Arce y Reinoso, había sido adquirida por el marqués. La del Duque de Uceda, formada sobre todo en Italia, incorpora a la colección un rico fondo al aprovechar su estancia como virrey en Sicilia para adueñarse de los códices y libros impresos procedentes de la catedral de Mesina, y que se habían depositado en el palacio de Palermo como castigo por la sublevación de 1674. Contiene, entre otros, una valiosa colección de manuscritos griegos que Constantino Láscaris había donado, antes de morir, a la ciudad de Mesina y la colección de manuscritos de interés histórico reunida por el eclesiástico portugués Jerónimo Mascareñas.

En ese mismo siglo se incorporan otras colecciones importantes por compra de bibliotecas privadas, gracias al derecho de adquisición preferente que se impuso a los tasadores de bibliotecas. Es el caso de la biblioteca de Juan de Ferreras (1721), fondo no muy numeroso, pero que incluía códices medievales, adquiridos por Ferreras en su mayor parte en la almoneda que se hizo en Madrid en 1702 de la valiosa biblioteca del célebre bibliófilo e historiador Juan Lucas Cortés, vendida tras su muerte en 1701. La del Conde de Guimerá (1735), típica biblioteca de erudito, de la que llega la parte que quedó en manos del Duque de Híjar y en la que destacan los manuscritos de interés para la historia de Aragón y Valencia.

En 1736 se inician los trámites para la adquisición de la biblioteca del condestable Juan Fernández de Velasco, ingresando este rico fondo por medio de dos compras: una en el año 1736 y otra en 1741. En este último año se adquiere la de Juan Isidro Yáñez Fajardo, un fondo de muy diversas procedencias, en el que destaca el conjunto de manuscritos del cronista Juan José Dormer, de interés primordial para la historia de Aragón, la colección de manuscritos genealógicos, así como la presencia de manuscritos italianos, franceses y portugueses.

Dos años después, el bibliotecario mayor Blas Antonio de Nasarre inicia los trámites para la compra en bloque de la biblioteca de Andrés González de Barcia, que su familia pone a la venta inmediatamente después de su muerte, que, sin embargo, no lograría el objetivo marcado. Con un fondo americanista importante, se adquiere parcialmente en tres momentos: el 4 de marzo de 1744 y el 19 y 23 de junio de 1780.

En 1753, la Biblioteca Real adquiere la biblioteca de Juan Alfonso de Guerra y Sandoval, rey de armas y cronista de Felipe V, que aporta un fondo nobiliario de importancia.

Cuatro años más tarde ingresa la del XIII Conde de Miranda, Antonio López de Zúñiga, formada e incrementada por las aportaciones de los sucesivos condes. La inicia el XI Conde de Miranda, posiblemente en la almoneda de los bienes del heredero del Conde-Duque de Olivares, Gaspar de Haro y Guzmán. La presencia de manuscritos de origen italiano, delicadamente iluminados, se justifica por el paso por Nápoles, como virrey, de uno de los condes.

No se conoce la fecha exacta de la adquisición de la biblioteca reunida en Aviñón por el Marqués de Cambis-Velleron, formada por un número importante de manuscritos litúrgicos, hagiográficos, etc., de los siglos XIII al XV, así como de otras compras sueltas de bibliotecas de menor entidad.

Otra forma de incrementar la colección en el siglo XVIII fue por canje o permuta, un procedimiento que resultó sumamente beneficioso para la Biblioteca Real. La primera permuta de importancia tiene lugar entre los años 1735 y 1737 con el Convento dominico de Santo Tomás, de Ávila, gracias a la cual, la colección de la biblioteca Real se enriquece con 356 manuscritos, muchos de ellos medievales. La segunda gran permuta, gestionada también por Nasarre e Iriarte, tuvo lugar en 1739 y se completó con otra realizada en 1753. Se trata de la colección del Convento dominico de San Vicente Ferrer, de Plasencia, que accede a canjear sus impresos y manuscritos, latinos y griegos, por un lote de libros que consideraron útiles para el convento.

Otro procedimiento poco frecuente en el siglo XVIII son los donativos. Este es el carácter que se puede dar a los papeles del jesuita Andrés Marcos Burriel, que se encontraban, en parte, en el Colegio Imperial de Madrid. Se entregan a la Biblioteca Real tras su muerte en el año 1762, uniéndose al conjunto que el propio Burriel ya había ofrecido antes de morir. Se trata, en su mayor parte, de copias de documentos mandadas realizar por él en el Archivo Capitular toledano y otros archivos.

A lo largo del siglo XIX va a ser continuo el trasiego de fondos que permanecerán durante un tiempo en la Biblioteca Nacional para ser trasladados posteriormente a su destino definitivo. Es el caso de los expedientes de la Inquisición relativos a censuras y calificaciones de libros, que permanecieron hasta 1914, en que pasan al Archivo Histórico Nacional, o el de la biblioteca del Infante don Sebastián, cuya estancia se prolonga desde 1838 a 1859, en que se ordena su devolución.

Pero si algo caracteriza al siglo XIX es la puesta en circulación de un gran número de ejemplares de ediciones antiguas y de manuscritos que fomentarán la formación de ricas bibliotecas particulares, y que, durante la segunda mitad de esta centuria, enriquecerán la Biblioteca Nacional. Es el caso de la compra de las bibliotecas particulares de J.N. Böhl de Faber, de Agustín Durán, de Serafín Estébanez Calderón y de Pedro Caro y Sureda, III Marqués de la Romana.

Sucesivos decretos de desamortización sobre los bienes artísticos, bibliográficos y documentales de la Iglesia, promulgados por los gobiernos liberales a lo largo del siglo XIX, tuvieron como consecuencia la entrada en diversos museos, archivos y bibliotecas del Estado, de parte importante de dichos bienes. De ese modo llegaron a la Biblioteca Nacional un conjunto de antiguos manuscritos de gran interés artístico y codicológico.

En los años ochenta del siglo XIX ingresan, por compra, muchos manuscritos teatrales de autores españoles contemporáneos, así como la importante colección de comedias y sainetes manuscritos comprados a Agustín Fernández Boada en 1882. Pero el año estelar en esta década para la formación de la colección de manuscritos es 1886, en que se adquiere la biblioteca de la casa ducal de Osuna e Infantado. Con ella ingresa la biblioteca del Marqués de Santillana y la biblioteca de los Condes de Benavente.
 
El siglo se cierra con la adquisición de la biblioteca de Pascual de Gayangos. La compra se completa en dos fases, en 1895 y 1900. Formaban parte de dicha colección 1.155 manuscritos, literarios e históricos especialmente.

Antes de abandonar ese siglo, hay que recordar dos donativos. En primer lugar, en 1873, la biblioteca de Luis Usoz y Río. En segundo, en 1899, llegan definitivamente los papeles del compositor F. Asenjo Barbieri, un conjunto físicamente unido en la colección desde el Mss. 13990 al Mss. 14103.

A comienzos del siglo XX la colección de manuscritos se incrementa con la adquisición de manuscritos autógrafos de José Amador de los Ríos Serrano (1908) y de Narciso Campillo (1912), entre otros. A continuación vivirá la Biblioteca Nacional un período poco significativo desde el punto de vista del incremento de su colección de manuscritos, que parece terminar en 1960 con la donación del códice del Cantar de Mío Cid.

Si algo caracteriza, a partir de ese momento, las incorporaciones de manuscritos en la colección es su diversidad. En 1970 ingresan, por compra a la familia del novelista, los manuscritos de Benito Pérez Galdós; en 1973, por donativo, los de Enrique Jardiel Poncela; un año después, una colección de papeles y documentos pertenecientes al marqués de Mulhacén, Carlos Ibáñez de Ibero; en 1981, un importante epistolario de Santiago Ramón y Cajal; al año siguiente, la donación de los papeles de Juan José Domenchina; en 1984 se compra el archivo personal de Adriano del Valle; y un año después se incorporaba el archivo múltiple de Rafael Alberti, de Celestino, Juan Antonio y Jose María Espinosa Echevarría, y de Manuel Gil Gala. En 1985 se adquiere una importante colección de comedias autógrafas de Alfonso Paso y al año siguiente ingresan por compra las 36 cartas conocidas de Antonio Machado a Guiomar.

Entre las adquisiciones de los últimos años, destaca la del manuscrito autógrafo de Lope de Vega conocido como Códice Daza.

2. Bibliografía sobre la colección

  • JULIÁN MARTÍN ABAD. “La colección de manuscritos de la Biblioteca Nacional : (nombres propios, fechas, y procedimientos y acasos de su formación)”, Memoria de la escritura: manuscritos literarios de la Biblioteca Nacional: del Poema de Mio Cid a Rafael Alberti. Madrid, 1995, pp. 23-36.
  • JULIÁN MARTÍN ABAD. “Un capítulo de la historia de la bibliografía institucional española, el de la catalogación de la colección de manuscritos de la BNM”, Bulletin of Spanish studies, LXXXI, 7-8, 2004, pp. 1129-1150. The Iberian Book and its Readers: essays for Ian Michael / edited by Nigel Griffin, Clive Griffin and Eric Southworth.