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José María Sbarbi (1834-1910)

José María Sbarbi

Don José María Sbarbi y Osuna (1834-1910), autor de un imprescindible Diccionario de refranes, fue musicólogo, novelista, lexicógrafo, folclorista, paremiólogo, y eruditísimo escritor galano, pero antes que todo eso fue un presbítero gaditano. No podemos hacer caso a la greguería de Ramón Gómez de la Serna, que decía aquello de no me gusta decir presbítero, porque me parece que llamo présbita al sacerdote, pues nuestro buen personaje era también présbita o miope, como se echa de ver en su retrato con espejuelos. Presbítero, sacerdote o clérigo ordenado de misa, tanto da para denominar a los miembros de una “clase social” o estamento que antes de los desastres de la guerra civil de fuego y sangre dio sus frutos culturales en la sociedad española de la Restauración, quizá no tantos como la de los párrocos anglicanos en la Inglaterra victoriana, pero aquí tampoco eran mancos. No, no era un cura de misa y olla, sino de manteo y teja, o de sotana y bonete. Tampoco fue un magistral Fermín de Pas.
 

Fue profesor del Colegio de San Felipe Neri de Cádiz y catedrático por oposición del Seminario y de la Escuela Naval de San Fernando, y elocuente orador en Sevilla. Maestro de capilla de varias catedrales hasta dar en la importante aunque modesta plaza de organista del real y castizo Monasterio de la Encarnación. Su riguroso coetáneo y también sabio riguroso don Cristóbal Pérez Pastor (1833-1908), otro erudito hoy injustamente preterido, quizá como toda la casta de los brahmanes y sabios, ejerció también de organista del otro real monasterio de la Villa y Corte, el de las Descalzas. Algo tendrá el órgano cuando lo tocan. Firmaba don José María sus libros como Académico de la Real de Bellas Artes de San Fernando, cuyo discurso de ingreso tituló ¿Qué es música?; nunca lo fue de la Española, para la que tuvo sobrados méritos, por el veto del influyente don Juan Valera, que se picó con el folleto de Sbarbi, Un plato de garrafales, juicio crítico de Pepita Jiménez (1874), en el que criticaba los errores gramaticales del ilustre y salaz embajador. Y por si fuera poco, en 1886 publicó Sbarbi su novela Doña Lucía, en la que con su peculiar sal ática censuró y desmenuzó todo el trabajo de la docta Corporación, la RAE, sobre la elaboración de la duodécima edición Diccionario, la de 1884: Sbarbi no era ni tan mundano ni tan diplomático como el de Cabra, y bien que le afeitaron. El docto doctor Juan Delgado Casado pone la figura de Sbarbi por las nubes y no repara en elogios en su tesis doctoral sobre los concursos bibliográficos de la Biblioteca Nacional, considerándole como “una de las figuras más más originales del mundo intelectual español de la segunda mitad del siglo XIX”, “filón inagotable de curiosidades”, y refiriéndose a su estudio y bibliografía de los refranes y proverbios apostilla Delgado: “su bibliografía posiblemente no haya sido superada a pesar del tiempo transcurrido desde su aparición”; “todos los que se han ocupado de la paremiología reconocen que la obra de Sbarbi es el punto de partida para cualquier estudio sobre el tema” . Sostiene Delgado que su obra fundamental es el Refranero general español, en 10 tomos, publicada entre 1874 y 1878. Parte de sus escritos están por desgracia dispersos en las numerosas revistas en las que colaboraba y especialmente en El averiguador universal, que dirigió y cuyo mismo título da justa idea de su carácter, y de su destino. Sbarbi no tiene quien le recopile.

Como no podía ser menos, también ejerció de cervantista con Cervantes teólogo (1870), Intraducibilidad del Quijote, pasatiempo literario o apuntes para un libro grueso y en folio (1876) e In illo témpore, y otras frioleras, bosquejo Cervántico o pasatiempo quijotesco por todos cuatro costados (1903). P. Payán estudio este aspecto en la revista Anales cervantinos. España buscaba entonces su identidad perdida en Cervantes y en don Quijote.
Es también notable su contribución a la musicología y sus partituras como compositor. Fue el redactor de las innumerables definiciones sobre el arte músico incluidas en el notable cuanto olvidado Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, ciencias y artes que la editorial Montaner y Simón de Barcelona publicó entre 1887 y 1910 en 29 espléndidos volúmenes. Obra de consulta precursora del Espasa y no tan plagiaria. El propio Sbarbi, sin embargo, no tuvo mucha suerte en otros diccionarios biográficos, quizá porque en España los estudios etnológicos están dejados de la mano de Dios y de la Universidad, y, no voy a decir que el personaje pida a gritos una biografía, pero sí al menos un estudio sesudo y documentado. Es claro que los hispanistas se han interesado mucho por nuestra inexplicable historia, y poco por el folclore, no somos Finlandia, y aquí el folklore ha sido siempre bastante folclórico. Por no saber, no sabemos de dónde le viene su italiano linaje, lengua en la que “sbarbare” significa “afeitar”, luego afeitados o desbrozados, de manera que el apellido vino a ser profético (cosa tan frecuente que parece ley) en este desbrozador de palabras y frases. Claro que en la atlántica y portuaria Cádiz abundan los apellidos italianos (e irlandeses y franchutes) como Ristori, Bianchi, Cambiazo, Ravina, Biondi, Bozano, Torregiani, Grosso, unos descendientes de ilustres marinos, otros de modestos artesanos, y quizá sus ancestros fueran barberos o fígaros. Así en su figura se funden en una los dos amigos de Alonso Quijano el Bueno, el cura (licenciado por la Universidad de Sigüenza) y el barbero. Quizá Sbarbi manejaba la pluma de ave, bien cortada, como una navaja barbera bien afilada, y no era tan inocente como aquí se dice y también tendría su punto de maldad y picardía, a juzgar por algunos de sus comentarios paremiológicos . El actual y horrible edificio de la RAE se estrena en 1894, una pena que Sbarbi no fuera nunca académico, pues estaba a un tiro de piedra de su domicilio, a un corto y alegre paseíto. Y vino a morir, casi cervantinamente, el bueno de Sbarbi el 24 de abril de 1910, en Madrid, en la calle del misántropo Moratín (antes San Juan del Prado), en el piso tercero de la casa número 46, donde residió muchos años, a un tiro de arcabuz de la de Lope de Vega y de la casa erigida sobre el solar de la calle del León con Francos donde estuvo la rentada por Cervantes y donde falleciera el manco sano hace 400 años justos. Ninguna lápida recuerda la memoria del sapientísimo gaditano, ni parece que los actuales o futuros ediles estén por la labor de ponerla en los próximos años o siglos.
 

El primer, y el mejor de los diccionarios de la Academia (entre otras cosas porque se repartieron las palabras aleatoriamente, por el abc), el llamado de Autoridades (1726-1739), incluía también los refranes, que desaparecen en la siguiente edición y para siempre. Por esta razón, y por otras de tipo histórico-cultural, como el fin del mundo rural tradicional y de la cultura oral que esa sociedad llevaba aparejada, los refranes son hoy los grandes desconocidos de nuestra lengua. Ya Don Quijote decía que todo el linaje de los Panza nació con un costal de refranes en el cuerpo. Las generaciones posteriores al teléfono móvil no los utilizan por desconocimiento, y cuando los usan los trabucan muy malamente. Una pena.
 

En la segunda parte de este trabajo se ofrece una antología de refranes y frases proverbiales del gran diccionario de refranes de Sbarbi, donde el jugoso comentario explicativo tiene tanto interés como la paremia o refrán. Como reflejo de un mundo en trance de desaparecer, el refrán refleja su sabiduría pero también sus prejuicios, que de todo hay en la viña del señor, pero el lexicógrafo no puede censurar la realidad, sino reflejarla e intentar explicarla. Ya está bien de inquisiciones. Es el lenguaje de Sancho, el del pueblo, su único dueño. La lengua vernácula es el único don que recibimos todos los seres humanos.
 

Sbarbi tiene el mérito de explicar razonadamente y con gracia muchos refranes y frases algo enigmáticas o misteriosas. Y acertadamente. No en vano se le llamó el padre de los refranes y se le ha saqueado y pirateado a más no poder.
 

Este diccionario se reeditó en Buenos Aires en 1947, precediendo al título el adjetivo gran, cosa muy del gusto de los editores de este tipo de obras y reflejo de las manías de grandeza de algunos editores.