Carrera diplomática
Destinado desde la cuna a seguir la carrera diplomática, ya mientras estudiaba ejerció de Agregado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, puesto que formalizó al obtenerlo por oposición en 1896. Siguiendo la estirpe familiar y la estela de tantos poetas diplomáticos que en el mundo han sido, inició un periplo por todo el mundo que le llevó de Turquía a México, de Suecia a Rumania, de Rusia a Buenos Aires, y muchos otros lugares.
Este cosmopolitismo se vería reflejado en su obra, como se puede observar en uno de sus títulos más citados, Joyeles bizantinos (1902), en el que rememoró los paisajes andaluces desde una perspectiva orientalista y recreó ambientes turcos con conocimiento de primera mano, no como hacían otros expertos en exotismo de oídas, a los que criticó por su falta de sinceridad.
Entre sus idas y venidas, conoció en Madrid a don Juan Valera, otro eximio aristócrata-diplomático-escritor, con quien compartió los más exclusivos salones de la corte y un elevado intercambio intelectual de una erudición al alcance de pocos. Valera le tomó como discípulo y Zayas le recompensó dedicándole uno de sus libros mejor acabados, Retratos antiguos (1902).
Modernismo
Aparte de sus viajes diplomáticos, también pasaba gran parte del tiempo en Francia, entre sus estancias en el efervescente París de la época y el sosiego de su mansión en Biarritz. Esto le llevó a conocer en profundidad la cultura francesa (no se casó hasta 1901) y tras dejar atrás sus primeros devaneos poéticos, expresados en su anticuadamente romántico Poesías (1892), se convirtió en el introductor del Parnasianismo y el Simbolismo en España. De hecho, se ocupó de la traducción de Los triunfos (c. 1908), obra del poeta franco-cubano Jose María de Heredia, considerado como pionero de este movimiento.
Esta inclinación por lo que en España se conoció como Modernismo le hizo relacionarse con sus máximos representantes en el país, como Francisco Villaespesa, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez y Rubén Darío, otro diplomático poeta; publicar obras de claramente simbolistas (valga el oxímoron) como Paisajes (1903); y colaborar en las principales revistas del movimiento, como Helios y Renacimiento. Sin embargo, se da la paradoja de que sus inclinaciones literarias chocaban de frente con su ideario político, de un extremo conservadurismo, lo que le llevó a criticar teóricamente el Modernismo, que veía como un injerto extranjerizante, al mismo tiempo que lo practicaba en sus poemas.
Convertido en Grande de España por la concesión por parte de Alfonso XIII del título de duque de Amalfi, siguió combinando la escritura de poesía, con títulos como Epinicios (1912) o Plus Ultra (1924), con la redacción de disquisiciones en prosa (A orillas del Bósforo, 1912) y estudios históricos, como los recogidos en Ensayos de crítica histórica (1907).
Debido a un embrollo diplomático, en 1927 fue cesado de su puesto en Buenos Aires y regresó a Madrid. Al estallar la Guerra Civil, buscó la protección de la embajada de Rumania, que le amparó durante toda la contienda, tras la cual se reincorporó al servicio diplomático, aunque sin destino. Adepto al nuevo régimen, con el que compartía una visión nacionalcatólica, en 1942 recopiló su última producción poética en Ante el altar y en la lid, en el que daba buena cuenta de su posición ideológica. Instalado en Málaga por nuevos problemas de salud, murió allí en 1945.
(Servicio de Información Bibliográfica)