Diario de una maestra

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Diario de una maestra

«[...] Cuando Irene Gal se encuentra ante un grupo de cincuenta y seis muchachos y muchachas de todas las edades, que la miran con curiosidad, siente deseos de llorar.

Para tranquilizarse le bastaría observar que, de los cincuenta y seis muchachos que la miran -a los que ella atribuye curiosidad e impaciencia como recordando sus tiempos de estudiante y midiéndoles por su rasero- solo tres o cuatro esperan que les diga algo, que les trace un plan de trabajo, en fin, que les ordene ponerse a la tarea. Los demás la miran con mirada estúpida e inconsciente, solo porque es la maestra, porque está aquí sobre la plataforma, porque las clases han empezado y los padres les han obligado a asistir a ellas, porque el Alcalde ha puesto un bando en el Ayuntamiento hablando de multas y de sanciones a los padres que olviden esta obligación… Bien, por esto y solo por esto están en la escuela, por esto la miran.
En cuanto a ella…

Irene Gal mira desconcertada a los muchachos. Sí, ella es la maestra. Ya lo sabe. Ella va a dirigir en adelante su educación. Pero el caso es que ese adelante empieza en este momento. El momento ha llegado e Irene Gal no sabe cómo empezar.

Muchas veces en la época de sus estudios y más tarde, cuando se preparaba para ejercer su profesión, había pensado en este momento. En el gran momento esperado con ilusión. Había preparado planes, hecho proyectos… Todo, naturalmente, un poco en el aire, sin saber dónde ni cuándo iban a realizarse. Sin conocer el material que iba a confiársele. Pero todo llega y ahora, al enfrentarse con la realidad, como si la tomara por sorpresa, sus fuerzas se paralizan, sus energías desaparecen, se le olvidan sus proyectos, no se le ocurre ni lo más elemental.

(-Como si…eso, como si una mano con una esponja húmeda hubiera borrado de una pizarra todo lo escrito sobre ella.)
La comparación es exacta. También siente la sensación angustiosa de quien se ha pasado meses, quizá años, hinchando un globo y este se le deshinchara de repente. Irene Gal está desinflada, impotente para la acción ahora que necesita toda su energía para empezar su tarea.

Piensa sólo en Máximo Sáenz, en la intimidad que la convivencia durante el verano estableció entre ellos. Recuerda su despedida en la Estación del Norte cuando él le dijo: «No estaremos mucho tiempo separados, Irene. Irás a Madrid. Prepara tu ingreso en la facultad. Conseguiré para ti una beca. En el peor de los casos, nadie puede negarte una sustitución para ampliar estudios. Pronto nos reuniremos». Y después, ya en el tren, al abrazarla: «No sabría prescindir de mi Tortuguita».

Irene Gal siente deseos de llorar al recordar la escena. Ella, fuerte, acostumbrada desde niña a resolver sola sus problemas se había confiado a Máximo Sáenz, se había entregado por completo a él, había hecho de su amor, de su amistad, una almohada sobre la que podía dormir tranquila. La realidad la despertó al entregarle su título de maestra de La Estrada, obligándola a ocupar su puesto. No se puede trabajar años y años para echarlo todo a rodar por una impaciencia».

Autores
Medio, Dolores
(1911 - 1966)
Fecha
1961
Notas
Texto leído en el Día de las escritoras 2017