Nuevo teatro crítico
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Una opinión sobre la mujer
«En algunos periódicos he leído días atrás quejas de que aquí no se presta atención al movimiento científico; de que las especulaciones de nuestros pensadores caen en el vacío, y no hallan eco, sino silencio. No soy yo quien puede remediar este daño, si tal daño existe; y quizá, aunque estuviese en mis medios coadyuvar a remediarlo, no estaría en mi voluntad, porque en las contadas materias en que no soy absolutamente profana, me causa tristeza la dirección y carácter de ese movimiento científico, y prefiero ignorarlo.
Verbigracia: yo he procurado saber lo que se piensa en Europa respecto a los problemas que entraña la educación y condición social, jurídica, política y económica de la mujer. Pues bien: cada opinión española que leo me deja fría, causándome un desaliento infecundo y amargo. Si en este punto concreto, del cual tengo algunas noticias, advierto tal deficiencia de seriedad y de información, y de esa noble sed de verdad que caracteriza al indagador científico, ¿no sucederá otro tanto en las materias que totalmente desconozco? ¿A qué perder tiempo en estrujar un limón sin zumo?
Es la llamada cuestión de la mujer acaso la más seria entre las que hoy se agitan. No porque haya de costar arroyos de sangre, como parece que va a costar la social (con la cual está íntimamente enlazada); sino, al contrario, porque, teniendo soluciones mucho más prácticas y de más fácil planteamiento, aunque hoy aparezca latente, vendrá por la suave fuerza de la razón a imponerse a los legisladores y estadistas de mañana, y parecerá tan clara y sencilla (no obstante sus trascendentales consecuencias) como ahora se les figura de intrincada y pavorosa a los cerebros débiles y a las inteligencias petrificadas por la tradición del absurdo.
Y cuenta que, en esto de la tradición del absurdo, no me refiero a los partidarios de determinadas ideas políticas ni religiosas. Punto es el de la situación de la mujer en que coinciden y se dan la mano racionalistas y neo-católicos, carlistas y republicanos federales. A éste sí que le llamaría Feijoo error común: lo es hoy en España casi tanto, y no sé si diga más en cierto respecto, que cuando el insigne benedictino escribió su Defensa de las mujeres.»
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